María Santísima de la Salud

La historia de una devoción

En el número 35 de la malagueña y airosa calle de la Trinidad, vivió siempre María.  

Su nombre no podría ser otro, y, al acabar de leer esto, estaréis de acuerdo conmigo.  

María era madre, abuela, amiga, vecina, y, sobre todo, mujer. Podría ser referente para cualquiera de nosotros. A pesar de las heridas que la vida le fue causando, ella siempre tuvo una sonrisa.  

Para mí, una mujer océano, de esas que tienen miles de historias que contar, aunque a veces la memoria le traicione. Una de las historias que más aguardo en mi corazón es esta que hoy les cuento. 

María Santísima de la Salud. Año 2020.

Cuando María era joven, lucía una melena negra azabache, que no podéis imaginar lo que favorecía a sus ojos, también negros, como buena trinitaria. En 1917 dio a luz a su primer hijo, al que no dudó ni un segundo en llamar Manuel, como su padre. Creció en brazos de su madre, repleto siempre de amor y cariño. Porque esta mujer, no sabía dar otra cosa que no fuese amor.  

Manuel se hizo mayor, y cada día se parecía más a su madre. De piel morena, sus ojos eran grandes y negros, y con gran firmeza en la mirada. Todas las muchachas pasaban por su lado y se quedaban suspirando. Lo cual causaba risa a su madre, pues él nunca se daba cuenta de los suspiros de las muchachas.  

A pesar de las cosas de la vida, y algún que otro sufrimiento por llegar a fin de mes, era una familia llena de amor, y eso era lo que importaba.  Lo que María no sabía, era que un puñal le atravesaría el pecho al llegar la Guerra Española. Ella rezaba y rezaba todos los días por que su hijo nunca fuese llamado para acudir a la batalla. Una batalla en la que María nunca comprendió la necesidad de odio ni de poder. Pero, sobre todo, no entendió jamás la frialdad con la que se arrebató la libertad de miles de personas.  

María Santísima de la Salud. Año 2019.

Sus rezos incesables no pudieron frenar las decisiones del destino, y el año 1938 su hijo recibió un aviso de que debía ir a luchar a la guerra. Manuel se había convertido en un hombre fuerte y decidido. Con un poco de suerte quizás volviera pronto a la casa de su infancia. El día de partida, se estrechó entre los brazos de su madre como si fuese aquella la última vez. En sus brazos había nacido, y sus brazos eran, por lo tanto, su mejor hogar.  

Pero María al ver ir a su hijo tuvo un mal presentimiento. Mientras veía cómo se alejaba su corazón le decía que ya nunca más volvería a ver a su niño. Tres meses más tarde llegó una carta a la Calle Trinidad, en la que decía que Manuel había fallecido, una bala le había atravesado el corazón.  

María Santísima de la Salud. Año 2020

No imagino manera alguna de superar la pérdida de un hijo. No imagino cura ni remedio ante semejante dolor. Supongo, que es una de esas cicatrices que nunca se cierran. Una de esas marcadas por el llanto y la amargura. Solo las mujeres valientes, como lo fue María, consiguen hacer que el amor sea mayor que el dolor. Y, aunque nunca lo superara, quiso a su hijo aún más, y lo llevó en su alma hasta el último día que respiró.  

Tras la pérdida tan grande que dentro suya llevó, María sintió la necesidad de curar a las personas. Quien sabe, si gracias a ella, algún día podría salvar la vida del hijo de alguna madre. Su padre fue médico y le enseñó todo lo que sabía. Esta mujer, era una de esas que de la herida crea una lección. Así que, curando personas y devolviéndoles un poquito de salud, consiguió sanar el dolor que la marcha de su hijo dejó en ella.  

Nunca se rindió, siguió luchando hasta el final. Fue recordada como la enfermera de la Calle Trinidad por toda la gente que la quería, que no fue poca. En el año 1982 dejó este mundo para subir al cielo y reencontrarse con su hijo. Ya era hora, el tiempo había hecho su labor y volvía a ponerlo todo en su lugar.  

María Santísima de la Salud

Málaga, y en especial, el barrio trinitario, quedó sumido en una tremenda pena ante la marcha de su enfermera. Pero en ese mismo año, como si de un milagro se tratase, una mujer en forma de Virgen, con el pelo negro y los ojos oscuros llegó a la ciudad. También trinitaria, como debía de ser. Tenía cara de niña, era la viva imagen de María, la muchacha joven que perdió a su hijo, pero nunca perdió la entereza para curar a su gente.  

María Santísima de la Salud fue llamada. Hoy, los vecinos van y le rezan día a día. Porque saben que en ella encontrarán la fuente de salud, amor, pureza y valentía necesaria para afrontar la vida. Y todos saben que fue ella, la que quiso dejar un trocito de su persona en la tierra con esta Virgen bendita. Las lágrimas caen por su cara morena, pero la sonrisa no se borra. Mira al frente, como siempre hizo María. Y vive para la eternidad en el número 35 de la calle Trinidad, donde siempre vivió María 

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