La Hermandad del Monte Calvario mostró un cortejo digno hasta su encierro en el Santuario en la jornada del Viernes Santo

Seguir el camino trazado por nuestros antecesores puede llegar a ser muy sencillo y complejo al mismo tiempo. Solamente hay que continuar trabajando por los Sagrados Titulares, pero hay que consolidar todo lo hecho anteriormente y seguir avanzando. En esta firme estela camina siempre la Hermandad del Monte Calvario, convirtiéndose en el imprescindible punto de inicio de la jornada del Viernes Santo en Málaga. Una jornada que comienza desde el punto más alto, un lugar alejado de la urbe y que entra su atención en Cristo Yacente, que baja amortajado hasta el Santuario de Santa María de la Victoria para reencontrarse con su Madre de Fe y Consuelo y Santa María del Monte Calvario. El silencio puede decir en ocasiones mucho más que las palabras.

Bajada del Santísimo Cristo Yacente de la Paz y la Unidad.

Los elegantes nazarenos de túnicas negras iniciaron el descenso por la escalinata de la Plaza del Santuario, y ahora sí, el Santísimo Cristo Yacente de la Paz y la Unidad ya procesionaba sobre su trono. Tras Él, Nuestra Señora de Fe y Consuelo con sus manos entrelazadas recibía la luz del sol mientras relucían todos sus bordados y el corazón dorado de su pecho, traspasado por un inmenso puñal. En esta ocasión, el grupo escultórico estrenaba los nimbos que realzaron aún más el conjunto.

La enlutada estela continuaba para dar paso a Santa María del Monte Calvario que, a su vez, se dejaba llevar por San Juan Evangelista, que giraba su mirada para no dejar sola a la Madre que lloraba la muerte de su Hijo en el barrio de la Victoria. Con suma dulzura emprendió su bajada al centro histórico, cuando frente a la Iglesia de San Lázaro, la Banda de Música Nuestra Señora de la Paz de Málaga interpretó por primera vez la composición musical ‘A la Virgen del Monte Calvario’. Una melodía armónica y sin estridencias que sirvió para que la Dolorosa continuase avanzando para seguir la firme estela de sus hermanos nazarenos.

Banda de Música Nuestra Señora de la Paz de Málaga.

Ya el centro histórico se impregnaba de Monte Calvario. Las marchas fúnebres que interpretaba la Banda de Música Nuestra Señora de la Soledad de la Congregación de Mena creaban la atmósfera idónea para la suave pero decidida mecida que imprimían los 140 portadores del trono de la Sagrada Mortaja. El crujir del cajillo se acentuaba cuando las marchas procesionales cesaban, cuando ni siquiera un tambor ronco acompañaba el andar del Cristo Yacente. Todo se desarrollaba en el más absoluto silencio, solamente roto por el sonido de la campana que marcaba unas leves pausas para continuar el discurrir del trono.

Con ‘Virgen del Valle’, Santa María del Monte Calvario pasó solemne por la fachada de la Iglesia de San Agustín. Los borlones de las rectas bambalinas apenas se separaban de las finas barras de palio, la candelería de cera alta aún no había prendido, era el reflejo del sol el que aún alumbraba el enjoyado tocado de la Dolorosa, rematado con joyas de piedras azules. La Virgen avanzaba en su firme estela, pero siempre tuvo muy presente la Ermita en la que reside todo el año. En su mano izquierda quedaba prendida esa tranquila sede en la que recibe la visita de cientos de malagueños durante todo el año.

Qué difícil es en esta ciudad inaugurar, en ciertas jornadas de nuestra Semana Santa, el Recorrido Oficial, pero con cuánta clase lo hace siempre la Hermandad del Monte Calvario. Es ese preámbulo perfecto para la jornada quizás, más infravalorada de la Semana Mayor, con conjuntos exquisitos y palios muy personales. La cera color tiniebla de ellos cirios iba coloreando la estela que ya quedaba muy patente por la calle Larios.

Cortejo de la Hermandad del Monte Calvario.

Y llegó el momento del rezo en el interior de la Santa Iglesia Catedral, lugar al que la Hermandad le otorga la importancia que merece. Unos rezos acompañaron el lento caminar por el interior del primer templo malacitano. El crepúsculo de la tarde ya esperaba en el Patio de los Naranjos la presencia del Santísimo Cristo Yacente de la Paz y la Unidad y a Nuestra Señora de Fe y Consuelo. Fue entonces cuando, bajo la melodía de ‘Benigne fac domine’, de Eduardo Ocón, el grupo escultórico de la Sagrada Mortaja adquiría su punto máximo de plasticidad en la calle. Los cuatro faroles de las esquinas ya desprendían una fuerte luz naranja, creando contrastes en los ropajes de ese sepulcro victoriano. Con mecida controlada, ya subía la calle San Agustín con la ‘Marcha fúnebre de Chopin’. Cristo apoyaba su mano izquierda sobre su pecho, María oraba desconsolada, la plata y el oro relucieron sobre la muerte misma, que reposaba sobre lirios morados.

El entorno de la feligresía de los Santos Mártires sintió el calor de una candelería que ahora sí, era todo un ascua de luz. Luz que marcaba el punto al que se dirigían todos los hermanos que seguían una misma estela, la mirada de la Virgen. Porque aun llena de dolor, ahí estaba el consuelo y el abrazo de una Madre. Incluso en la triste y melancólica noche del Viernes Santo.

Santa María del Monte Calvario y San Juan Evangelista.

Y como si no hubiese transcurrido el tiempo ni la distancia recorrida, la procesión llegó de nuevo perfecta al Santuario de la Patrona. Y esto ocurre cuando la estela está construida sobre fuertes cimientos. Durante las semanas cuaresmales, la corporación no mostró ningún reparo en anunciar y pedir nazarenos y hombres de trono para completar los puestos de su procesión. La respuesta de Málaga fue la esperada y, sin complejo de ningún tipo, la Hermandad del Monte Calvario realizó una salida procesional exquisita dando vida a la zona de la Cruz Verde y al norte del barrio de la Victoria en sus tramos finales.

La firme estela continuará dejando sus semillas en el camino. Porque con trabajo, amor y devoción, una hermandad se hace grande. Pasito a pasito. Y de eso, los corazones que se desviven en el Monte Calvario saben bastante. Un año más, desde la cima de Málaga, Cristo Yacente de la Paz y Unidad, Nuestra Señora de Fe y Consuelo y Santa María del Monte Calvario derrocharon su particular elegancia por las calles de la ciudad.

Fotografías: Pedro Duarte.

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