Lo efímero de una mirada…

Nuestra Señora de los Dolores del Puente demostró devoción y arraigo en el ansiado reencuentro con su barrio

Llegó un nuevo sábado de verano que, sin embargo, no sería un sábado cualquiera. El entorno de Santo Domingo y la gran cantidad de personas que, en su explanada ya libre de pérgola, se concentraba hacia vislumbrar que algo grande estaba a punto de suceder y, nada más lejos de la realidad, así fue para sorpresa de unos y satisfacción de otros.  

Caía la tarde y con tremenda puntualidad se hacía el silencio: ‘se abren las puertas del templo’. El numeroso y ordenado cortejo de hermanos y devotos de la Cofradía de los Dolores del Puente partía a las 21.00h por el recorrido previsto. El público, prudente y respetuoso ante lo que allí debía acontecer, entró en júbilo y un multitudinario aplauso precedió la salida de la dolorosa que, desde el interior del templo, caminó cadenciosamente a sones de “Plegaria al Cristo del Perdón” de Francisco Javier Moreno.

Nuestra Señora de los Dolores del Puente en su Salida Extraordinaria

La luz del sol traspasó el dintel de la puerta de Santo Domingo e iluminó su puro rostro, haciendo de aquella estampa algo insólito. La cercanía de la Virgen fue un abrazo que arropó al que la contemplaba, la más pura sencillez hecha mujer. La escena allí ofrecida no puede ser descrita con palabras, pues hubo que ser partícipes de ella. Así lo vivió una pareja de enamorados que, estrechándose las manos, no hacía más que mirar a la Virgen y, seguidamente, mirarse a los ojos. Dicen que la mirada es el reflejo del alma y, ante la “Dolorosa del Puente” que salía acompañada por la Banda de Música de la Esperanza, las palabras fueron innecesarias puesto que el brillo de los ojos expresó lo imperceptible.

Cientos y cientos de miradas se dirigieron hacia la pequeña Virgen de los Dolores; ¿quién sino podría acaparar la atención en esta jornada? Dichas miradas iban acompañadas de rezos puros, de reflexiones y de plegarias. Además, también fueron acompañadas de múltiples apreciaciones personales a su paso. “Esperaba que la Virgen portase el nimbo de plata” – “Pues a mi me gusta tal y como se nos presenta”. Fuera como fuese, la estética no dejó indiferente a nadie y cumplió su misión sobremanera, invitar a rezar.

Entre la multitud de fieles y devotos que la acompañaban, Nuestra Señora de los Dolores parecía caminar hacia su capilla donde María, la perpetua guardiana del puente, no podía contener las lágrimas de emoción. Su Virgen de los Dolores volvía a salir a la calle y ella podía celebrarlo y vivirlo una vez más. No fue la primera ni la última de las miradas de cariño que recibió la Virgen, pero, sin lugar a dudas, sí la más especial. No solo lloró María, también los cofrades, hermanos y devotos que a su alrededor se congregaban porque no hay nada más puro que la fe y devoción que siente una persona por su bendita madre, aquella por la que vive y a la que cuida día tras día, aquella que es refugio.

María, visiblemente emocionada contemplando a Nuestra Señora de los Dolores Coronada.

La Virgen de los Dolores reflejaba en su rostro serenidad, parecía estar agradecida y, por supuesto, alegre. Quizás sea una osadía decirlo, pero es de justicia hacerlo porque es a través del silencio de las miradas cuando se comienza a comprender muchas cosas. Pese al negro del atavío, se podía percibir alegría en su discurrir. La Virgen lucía una saya negra y un manto de terciopelo negro en cuyo final se veía un pellizco, el mismo que la Virgen nos agarró a los allí presentes. Tres rosarios caían de sus manos: en el centro, el que tradicionalmente podemos ver en Semana Santa y, a sus lados, un rosario blanco en honor a los vivos y otro negro en honor a los muertos. En la caída de la mantilla se podía apreciar el broche que la Congregación de Mena otorgó a la corporación del Puente, broche elegante y estéticamente acorde a la escena que se pudo apreciar a su paso. El exorno floral, blanco y puro como la Santísima Virgen, desprendía un aroma sublime.

Empezó a desaparecer la luz del sol y fue entonces cuando la Virgen de los Dolores se adentró en el Puente de la Aurora. El nutrido grupo de hermanos de vela ya discurría por Pasillo de Santa Isabel para llegar al mosaico que debía ser bendecido, obra del artista García Romero, sin embargo, fue ante el paso de la Virgen de los Dolores cuando toda mi atención me la arrebató Cristina, una hermana de la Cofradía de los Dolores del Puente que, por vez primera, tenía el honor de portar a su titular sobre sus hombros.

Para Cristina fue extraño desprenderse del hábito nazareno que, al igual que su hermana Antonia, lucen cada Lunes Santo. La Salida Extraordinaria de la Virgen de los Dolores le ofreció la posibilidad de acompañarla de nuevo, esta vez, siendo sus pies. Cristina era fácilmente reconocible dentro del trono en el que la Señora era portada y es que desde la salida hasta que abandonó los varales, su cabeza permaneció levemente alzada para poder caminar contemplando en todo momento a la Virgen de los Dolores. Esta joven hermana de la corporación no quiso pestañear ni un segundo para no despertar del sueño, ese sueño de los despiertos, manteniendo firme la mirada a la Virgen que, pese a estar de espaldas, nunca se la dio a ella y siempre le ayudó y le ayudará en este camino llamado vida.

Antonia, por su parte, cumplió una “penitencia” excepcional, la de acudir a la llamada de la Virgen completamente expuesta, despojada de su antifaz y del hábito nazareno que garantiza su anonimato. La ocasión así lo mereció y su objetivo era firme, acompañar a la Virgen. Pese a la distancia del cortejo y la complejidad para poder ver a la Virgen en ciertos puntos del recorrido, ella vivió esta efeméride con la naturalidad de su rostro descubierto, con la sonrisa llena de emoción y con el brillo en sus ojos como la muestra más grande de fe. ¡Qué bonito es ser de los Dolores! ¡Qué bonito es sentirlo así y qué importante es el patrimonio humano que hace posible todo lo que vivimos!

Llegadas las 22.15h de la noche, se descubrió el mosaico que, de ahora en adelante, será también un lugar de oración y muestra de devoción hacia la Virgen de los Dolores. Con “La Azucena Dolorosa” se aproximó la titular de la Cofradía de los Dolores del Puente ante tal enclave y, tras una breve pausa, un gran aplauso de los presentes invitó a continuar con su camino que, ahora bien, se dirigía hacia el barrio, ese entorno que ofrecería la esencia más pura y directa, fiel reflejo de devoción y fe a “la del Puente”.

Trasera de la Virgen de los Dolores donde se aprecia el broche de la Congregación de Mena

Como si de un viaje en el tiempo se tratase, se vivió un antes y un después. La Virgen de los Dolores ya llegó a su barrio, la Dolorosa del Puente se adentró en el llano de Doña Trinidad donde aguardaba el cambio de hombres y mujeres de trono. El silencio fue notable durante gran parte del recorrido, si bien, en ese momento cortaba la respiración. Resonaba el tambor de la Banda de Música de la Archicofradía de la Esperanza la cual estuvo correcta durante su acompañamiento a Nuestra Señora de los Dolores, por su parte, la Virgen caminaba firme y decidida. La oscuridad de la noche resaltaba todavía más su belleza, su mirada repartía bendiciones a los allí congregados.

Desde su entrada y hasta finalizar el recorrido por el barrio, la magia se hizo presente. Ante la atenta mirada de los presentes la titular no dejó de recibir muestras de afecto y devoción al paso un barrio que se encontraba completamente engalanado con banderas. En calle Pulidero la Virgen de los Dolores recibió una inmensa petalada a sones de “Virgen del Valle”, lo que dotó de una escena irrepetible y de gran solemnidad. Posteriormente, ante la Casa Hermandad de la Archicofradía del Huerto y la Hermandad de la Estrella se produjo otro contrapunto. Sonaba “Estrella del Perchel” de Miguel Pérez cuando los hermanos de la Estrella hicieron vibrar las campanas al paso de la Dolorosa por el elegante altar que habían preparado para recibirla. El público rompió en un fuerte aplauso que erizó la piel y dejó entrever algunas lágrimas asomando en los ojos. Volvería a adentrarse la Virgen entonces por las callejuelas de su barrio, ya recorriendo los últimos metros de esta Salida Extraordinaria previo a regresar a su sede.

Hermano de la corporación acompañando a la Virgen de los Dolores con la camiseta conmemorativa del Aniversario.

La Virgen de los Dolores nunca caminó sola. Los llantos, las plegarias y las muestras de fe estuvieron presentes en todo momento. En pleno corazón del barrio, pudieron incluso escucharse vítores a la Dolorosa del Puente que rezaban ‘Viva la Virgen de los Dolores’, ‘Viva la Dolorosa del Puente’, algo que estremeció y provocó un sollozo a Alejandro, hermano portador de la Señora que volvía a acudir a su encuentro. Tras acompañarla durante toda la primera parte del recorrido, rezando en silencio, Alejandro se incorporó al varal como también hace el Lunes Santo y volvió a sentir a su titular más cerca que nunca. Para él, ver como la devoción a Nuestra Señora de los Dolores Coronada se ponía de manifiesto y se reconocía es algo que le hizo emocionarse. Este sentimiento, sin duda, fue compartido por todos los hermanos de Dolores del Puente y es que sus miradas compartidas, no solo entre los partícipes de la procesión sino aquellos externos, dejaban entrever el sentimiento de comunidad, la esencia de pertenencia a una familia que tenía muchos motivos para celebrar lo que allí se conmemoraba.

Y ahora sí, ‘tempus fugit’. La belleza de la noche y de las estampas ofrecidas hicieron que perdiésemos la noción del tiempo y, en un abrir y cerrar de ojos, volvíamos al punto de partida con una soberbia Virgen de los Dolores del Puente llegando a la explanada de Santo Domingo. “Es la última marcha. Entramos con ella, vamos a disfrutar”. Estas fueron las últimas palabras de Enrique, Hermano Mayor de la corporación, previo a la entrada de la Virgen en su templo. Enrique estuvo en todos lados y en ninguno a la vez, entregado a lo que allí se celebraba y atento para asegurar que todos los devotos y hermanos disfrutaban de dicha efeméride. No cabe duda de que el brillo de sus ojos y la leve sonrisa que mostraba cada vez que se paraba frente a la Dolorosa del Puente eran una recompensa más que suficiente a todo lo trabajado y vivido, pues ella lo vale todo.

La Virgen se adentró en el templo, una vez más, con “Dolorosa del Puente”. No se esperó ni un instante y las puertas volvieron a cerrarse para poner el broche a una jornada excepcional. Los últimos devotos y cofrades se situaban frente a la puerta, tratando de ver a la imagen hasta el último momento y, finalmente, todo se desvaneció.

No cabe duda pues, de que la Extraordinaria de Dolores del Puente ha sido lo que se esperaba de ella y que, por supuesto, en lo diferente también está lo exquisito. Y como ya acostumbra la corporación, pocos minutos después, la Virgen de los Dolores del Puente volvía a su capilla para seguir recibiendo la visita de aquellos que necesitan encontrar en ella refugio y consuelo, aquellos que día tras día se agarran a los barrotes y piden por los suyos y, por supuesto, aquellos que, agradecidos, realizan ofrendas a la Virgen. Y ahí, queridos, es donde apreciamos lo efímero de una mirada…

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