Por los que nos cuidan y nos miran desde las alturas y nos enseñaron a cuidar nuestras tradiciones, las mismas que hoy nos conectan directamente a ellos

Siempre te recordaba que te compraras los guantes de la túnica nazarena que había dejado para última hora y ya ni recordabas. También te buscaba por las esquinas con el bocata preguntándote a cada hora que si querías salir a descansar y comer algo. Durante el año te enseñaba las fotos nuevas que te hizo durante la procesión y agrandaba ese álbum de recuerdos que cada primavera ocupaba unas páginas más. Te guardaba sitio en Carretería con su sillita de enea. Se sentaba contigo a ver vídeos de Semana Santa mientras tú preguntabas y simplemente se limitaba a contestar y a contar anécdotas personales y familiares. Te inculcó un amor profundo por sus propias devociones y por la Semana Santa.

Llegadas estas fechas los recuerdos vuelven a tu memoria. Nunca se va de tu corazón, pero en días señalados sigue estando muy presente, porque esa herencia (y querencia) que dejó en ti, perdura en tus ojos brillosos. Cuánto ha evolucionado la Semana Santa en apenas 50 años. Para algunos puede ser poco tiempo; para otros, una eternidad, y para la historia, una nimiedad. Lo cierto es que, en cada Cuaresma, en cada caseta cofrade, en cada cruz de mayo, en cada salida procesional, en cada montaje, suceden infinitas historias y vivencias que van pasando de unos a otros, y van creando esos lazos de unión tan especiales.

Sí, todo evoluciona y se adapta a los nuevos tiempos, pero ese mismo sentimiento de tu abuela viendo transitar a su Virgen de la Esperanza por el puente no cambia. Es personal e intransferible, pero inevitablemente te recuerda a ella, al aroma de romero al entrar en casa por la ramita que cogía tras pasar la Virgen y que colocaba en el recibidor para después quemarla. Sus ojos puros educaron a los tuyos, que deben permanecer puros para que la tradición perdure como lo ha hecho hasta hoy.

Por los que volaron demasiado pronto, por los que vivieron todo lo que quisieron, por los que construyeron lo que a día de hoy son nuestras cofradías y nuestra Semana Santa. Esta herencia es el mayor tesoro que tenemos para seguir haciendo hermandad. Por los que vendrán, dejémosles la mejor de las herencias (y querencias). Noviembre siempre comienza con los recuerdos y termina con las luces, y los decorados navideños preparados y desempolvados para comenzar, un año más, la tradición, porque mientras se siga cumpliendo cada año con el montaje, en las mesas no faltará nadie.

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