La Hermandad Sacramental de Viñeros volvió a demostrar su grandeza en los pequeños detalles de un Jueves Santo inolvidable

Rojas y blancas. Situadas a los pies de los Sagrados Titulares sobre sus dorados tronos. En forma de cruz, destacaban por encima de los primorosos exornos florales. Sus esencias provenían del mismísimo cielo para impregnar de vida el discurrir de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Viñeros y Nuestra Señora del Traspaso y Soledad. Dos rosas, rojas y blancas, bajo cada devoción, para recordar que la vida es más vida junto a Ellos, para tener presentes a los que ya casi rozan el poderoso rostro del Nazareno e intentan secar las lágrimas de la Madre que traspasa el corazón de los viñeros. Dos rosas, rojas y blancas, por los que ya no están. Dos rosas, que fueron desplegando sus pétalos a cada zancada de Jesús Nazareno de Viñeros y en cada mecida de las cuentas del rosario de la Virgen. Cuatro rosas en total que acompañaron un discurrir soberbio de la Hermandad Sacramental de Viñeros en la tarde noche de un Jueves Santo en el que cielo y tierra se enraizaron bajo esas divinas peanas.

Nuestro Padre Jesús Nazareno de Viñeros.

Las dos rosas rojas formaban una línea recta imaginaria perfecta con los remates dorados de la cruz que ya sostenía Nuestro Padre Jesús Nazareno de Viñeros sobre su hombro izquierdo. El tiempo se detuvo, el Señor tenía en sus manos las llaves del Sagrario más puro que existe, la de todos nuestros corazones, en sus manos estuvimos durante esa complicada maniobra de salida hacia la calle Carretería desde su casa hermandad, y a sus pies, las rosas rojas del cielo por los que hicieron posible que hoy ese amor hacia el Nazareno de Viñeros siga germinando como un asombroso requiebro por primavera. La túnica bordada en su pecho, mangas y parte baja cimbreaba suave y caía sobre la figura del Señor, ahora sí, aportándole una mayor prestancia a su conjunto. Y como remate, la música del Nazareno, la que nació con esos jóvenes músicos que en la contraportada de sus partituras ven sus rostros. Una Agrupación Musical San Lorenzo Mártir que vibra y siente cada nota que vuela al firmamento en el Jueves Santo malagueño.

Agrupación Musical San Lorenzo Mártir.

Con la sobriedad que le caracteriza, a la par que bellísima, asomó Nuestra Señora del Traspaso y Soledad de Viñeros a Carretería con los sones de ‘Margot’. Una pieza musical que combina la dulzura de sus bajos con la potencia del redoble de tambores propio de la Banda de Música Santa Cecilia de Sorbas, Almería. El gran tocado de tul blanco, rematado únicamente por un gran corazón traspasado por un puñal dorado, su inmensa corona, y la saya negra y el manto restaurado hicieron que la Dolorosa luciera excelsa, siendo uno de los cambios más aplaudidos en cuanto a la vestimenta de las vírgenes en la pasada Semana Santa. Dos rosas blancas tras la candelería conjugaron su tonalidad a la perfección con las ánforas de un trono que llenó por completo la Virgen.

Nuestra Señora del Traspaso y Soledad de Viñeros.

Como si de un concierto sinfónico se tratase, se interpretaron las marchas ‘Salvador’, ‘En la Cena del Señor’ y ‘Cirineos de Carretería’ en el entorno de Puerta Nueva y Fajardo. Con gran maestría, el trono del Nazareno fue sorteando los distintos giros de estas calles del centro histórico antes de rezar ante la Tribuna Oficial el ‘Padre Nuestro’ sonoro con el que un joven capataz deshojó del calendario otro año más en su vida. Esa voz sincera, papeles en mano y pinganillo en la oreja, dirigió los pasos de su Señor con amor, cariño y una mirada auténtica cargada de sinceridad, afecto y devoción por el Nazareno que le captó en un instante de un Jueves Santo caminando por la Alameda Principal. Son las flechas que lanza el Señor y que dieron justo en la diana de su corazón. Ahora, a sus 25 primaveras, él se encarga de regar diariamente esas dos rosas rojas de la fe en cada encuentro con Jesús Nazareno de Viñeros.

Por su parte, con ‘Virgen de los Desamparados’, la guapa Madre del Señor de la zancada prominente se adentró en calle Fajardo cuando ya se apreciaban las llamas que prendían de las tulipas de sus nuevos arbotantes. Este estreno vino a completar el conjunto procesional de la Dolorosa, con una ejecución en carpintería y talla de Francisco Pineda, en dorado de Tomás Fernández y en imaginería de Juan Manuel García Palomo. Una cera blanca que ya iba derritiéndose para que el sol alumbrase el dorado del trono, y las llamas comenzaran a crear ese juego de luces y sombras para culminar en un ascua incandescente en la noche y madrugada del ya Viernes Santo. Dorado y blanco enlutado para que la Virgen de Traspaso y Soledad reinara sin excesos a su paso por la Plaza de la Constitución con la ‘Marcha fúnebre’. La música ayudó a recordar a esas almas que bajo el manto de la Dolorosa también procesionaron en un Jueves Santo sin lluvia y en la calle, al fin. Las dos rosas blancas fueron la viva imagen de todas ellas.

Banda de Música Santa Cecilia de Sorbas, Almería.

Tras un elegante tránsito por el Recorrido Oficial llegó el momento de ascender ese jardín de los sueños hecho rampa para acceder al interior de la Santa Iglesia Catedral, y así cumplir un año más con lo marcado en los estatutos de esta Hermandad Sacramental. ‘Noli me tangere’ sirvió para que esas dos rosas rojas se vieran desde Molina Lario gracias a la inclinación de la rampa, ahora su llave rozaba los bordados de la túnica, y su mirada parecía elevarse, pero Él permanecía tranquilo, sosteniendo una cruz que era nuestra cruz. Ya en el interior germinaron las voces de la Coral de Viñeros, creada el pasado mes de septiembre. El primer templo malacitano se fundió con el trono de carrete del Nazareno.

Todos los hermanos, revestidos de romé, podrían pasar ‘Una vida junto a Ti’, tal y como clamaron los músicos del Señor por San Agustín. La noche tomó Málaga y los cirios rojos alumbraron esos claveles sangre de toro como si de una perfecta alfombra se tratase para aliviar el camino de Nazareno de Viñeros, un exorno floral en el que estaban superpuestas esas dos rosas rojas que reflejaron una leve sombra en la túnica del Señor. Con Él seguían de alguna forma todos ellos. Y tras un sendero negro de devoción, Nuestra Señora de Traspaso y Soledad enfilo la calle Duque de la Victoria con ‘Soleá, dame la mano’ en un alarde de finura sin matices. Y sí, aún permanecían las dos rosas blancas más abiertas que nunca, preparadas para abrazar con sus pétalos los balcones más próximos a su casa hermandad, aquellos en los que en años pasados se congregaban familias enteras para ver a la vecina que cada Jueves Santo visita todos los hogares que le rezaban durante todo el año en la Iglesia, en un cuadro de casa, en una estampa o en sus pensamientos diarios. En esas rosas blancas también estuvieron acompañando a la Virgen del Traspaso y Soledad en el Jueves Santo en el que el cielo y la tierra se fundieron, siendo la Dolorosa ese horizonte que los unió por unas horas en la calle.

Personas apostadas en los balcones.

Qué afortunados fueron los que quisieron esperar a la Hermandad Sacramental en la feligresía de los Santos Mártires. Tras una leve parada, el Nazareno de Viñeros se elevó suave a ese cielo para que las rosas rojas lo rozaran una vez más. Una potente marcha comenzó a marcar de nuevo el compás, los varales sortearon la esquina del templo para andar valiente por Comedias con ‘Salvación’. Y de forma triunfal, literalmente, anduvo Nuestra Señora del Traspaso y Soledad de Viñeros a los sones de ‘Jerusalén’. Ella dejó las almas completamente llenas y, a la vez, tan vacías a su paso cuando algunos se apostaron en la fachada del céntrico templo para esperar a que se perdiera de su vista ese coqueto manto negro. La música cada vez era más suave; el campo de visión, menor; el murmullo, mayor. Quedaban muy pocos minutos para el final de un recorrido procesional ejemplar, en el que, a pesar del trabajo, la coordinación en una jornada muy complicada y el cumplimiento de horarios, no dejó que la emoción se cohibiera en ningún instante. Pasada la medianoche, los portones se cerraron, al igual que los ojos de los nazarenos, penitentes y portadores, que se aferraron a sus cirios y varales para rezar esa última plegaria. Aún las velas los alumbraban.

Nuestro Padre Jesús Nazareno de Viñeros por Carretería.

¿Y esas dos rosas rojas del Señor y blancas de la Virgen? Parecían pesar más que a primera hora de la tarde, y es que se regaron con insistencia durante más de siete horas con agua de lealtad, fidelidad, unión y cariño en el día del amor fraterno. Esas cuatro rosas se desprendieron de las peanas y ya están secas, pero atesoran historias vivas que continuarán acrecentando la devoción hacia Nuestro Padre Jesús Nazareno de Viñeros y Nuestra Señora del Traspaso y Soledad de Viñeros. Son las historias que engrandecen unas devociones especiales, son las historias ocultas de una Semana Santa que en sus pequeños detalles encuentra su razón de ser y su raíz de la que alimentar de fe las rosas rojas y blancas de nuestra alma.

Fotografías: Pedro Duarte

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