Perfección absoluta por parte de los ‘Servitas blancos’ de la Hermandad de la Humildad en el Domingo de Ramos

Primer acto: Humildad. Humildad que se hacía presente en el silencio que se respiraba en el interior del Santuario de Santa María de la Victoria minutos antes de iniciar la salida procesional y partir hasta la Santa Iglesia Catedral Basílica. Humildad en las sinceras miradas nazarenas que iban recibiendo los primeros y potentes rayos de sol de la tarde del Domingo de Ramos. Con el escudo mercedario en el pecho y el cinturón de esparto sobre las túnicas, los ‘Servitas blancos’ indicaban que sí, que la Hermandad de la Humildad ya estaba en la calle.

Cabeza de procesión de la Hermandad de la Humildad.

Pilatos lo presentaba, su nueva túnica lisa de terciopelo granate ya rozaba sus benditos pies y la fuerte cornetería de la Banda de Cornetas y Tambores de la Archicofradía del Paso y la Esperanza se colaba hasta el mismo pretorio. La perfecta composición del grupo escultórico que procesiona junto al Santísimo Cristo de la Humildad en su Presentación al Pueblo ya volvía a evangelizar. Las calles de la Victoria y la Cruz Verde volvían a sentir el calor de la cera color tiniebla sobre el asfalto. Y a pesar de las emociones acumuladas en ese preciso instante en la Plaza del Santuario, reinaba ante todo la Humildad. La serenidad de Cristo, con su torso y espalda al descubierto, hizo que cada movimiento estuviese medido al milímetro, completando una bajada a buen ritmo para que el cortejo pudiera salir al completo a la calle.

Santísimo Cristo de la Humildad en su Presentación al Pueblo.

La hilera de nazarenos seguía impecable en la sección de la Virgen. El blanco se tornó a rojo en el palio y manto de Nuestra Madre y Señora de la Merced. La mesura y la dulzura se elevaron a su máximo exponente para ensalzar a la Virgen que tallara Luis Álvarez Duarte en 1982. Las bambalinas del palio parecían no querer rozar sus delicadas barras para centrar en todo momento a la Madre de la Merced, que procesionó exquisitamente vestida por Javier Nieto. Portó para la ocasión una corona de plata sobredorada, saya de tisú de plata bordada en oro, fajín de capitán general de Su Majestad Juan Carlos I, toca de sobremanto, puñal en plata de ley y, cómo no, un escapulario mercedario. Todo estaba dispuesto para crear una conjunción perfecta, y tanto fue así, que la humildad de la Virgen de la Merced, y el siempre sobrecogedor gesto de San Juan Evangelista a su lado, fueron los que centraron todas las miradas del Domingo de Ramos victoriano.

El cortejo avanzó sin excesivas recreaciones hasta llegar al centro histórico. Si por algo también se caracteriza la Hermandad de la Humildad es por su agilidad en su caminar, lo que alivia la penitencia de los hermanos nazarenos, que deben soportar cada año unas altas temperaturas y un itinerario exigente. Al llegar a la calle Frailes, la composición ‘Mi amor en tu corona’, de Alberto Zumaquero, retumbó hasta el interior de las casas hermandad de Gitanos y Sentencia. Numeroso público esperaba esa particular doble curva que sorteó el trono con gran hacer gracias al esfuerzo de sus portadores y la coordinación de sus mayordomos y capataces. Los claveles rojos sangre de toro que exornaban el friso del cajillo del trono del Cristo de la Humildad dieron paso a una exquisita variedad de rosas, como las de jardín, de Ecuador y ramificadas, combinadas con la bouvardia y miroclaudio para perfumar hasta la cera de la candelería que alumbraba a la Virgen de la Merced, y que ya comenzaba a derretirse. Con qué suma humildad pasa por delante de nuestros ojos siempre esta corporación nazarena, qué regusto deja y qué paz se siente al ver alejarse el trono de la Madre de la Merced.

Nuestra Madre y Señora de la Merced y San Juan Evangelista.

Segundo acto: Pasión. Pasión que tomó las calles del centro histórico desde el barrio de la Victoria. Las potencias del Cristo de la Humildad casi se inclinaron en señal de reverencia al llegar a la esquina de la Iglesia de los Santos Mártires. Ese pellizco apretó fuerte cuando la palillera de los tambores marcaba el compás de la difícil maniobra hacia la calle Santa Lucía. Pero la pasión que le pusieron todos los corazones implicados hizo posible la magia, la calle se ensanchó y Cristo ya fue presentado, con pasión, en el alma de Málaga. Con sones clásicos quiso entrar el Cristo de la Humildad en la Tribuna Oficial. El viento provocó que las vestimentas del grupo escultórico, creado por Elías Rodríguez Picón, tomara vida propia. El mantolín rojo de Poncio Pilato se deslizaba sobre sus brazos para caer sobre la base del dorado trono y liberarse de la culpa por sentenciar y juzgar al Cristo de la mirada baja que humilde aguarda junto a la Patrona. El ostentoso ropaje del sumo sacerdote Caifás recordó el poder que pretendía ejercer sobre Cristo, sin saber que el Señor de la Humildad siempre procesiona un paso por delante de él. Las cadenas que sujetaban a Barrabás se movían con fuerza para así poder librar al ladrón de sus delitos. Las suaves telas celestes de Claudia Prócula fueron ese sosiego ante tanta crueldad en la escena. Los soldados romanos completaban el efímero escenario que robó lágrimas, ruegos y oraciones entre los presentes.

Pero la pasión no se puede entender sin Ella. Tras la fuerza y el dramatismo del Santísimo Cristo de la Humildad en su Presentación al Pueblo llega el completo sosiego de la Virgen de la Merced. La Banda de Música Maestro Eloy García de la Archicofradia de la Expiración interpretó sones dedicados a la Dolorosa. Ahora todo parecía estar en calma, La pasión se suavizó en ese aroma dulce que desprendía el incienso. La pasión se reflejó en su afligido rostro y en la mano confortadora del Discípulo amado. La pasión se dulcificó con el sonido de los clarinetes y los platillos. La Hermandad de la Humildad completó el Recorrido Oficial de forma magistral y se adentró en la Catedral para realizar el acto de oración por el que tiene sentido toda una procesión.

Portadores del Santísimo Cristo de la Humildad en su Presentación al Pueblo.

Tercer acto: Agonía. El idílico entorno de las calles San Agustín y Echegaray alivio la agonía que ya sentían los nazarenos y portadores tras muchas horas de recorrido. Cristo seguía repartiendo su Humildad y todos seguían postrados a la Merced de María. La vuelta a casa debía seguir la misma tónica que el resto del camino. Sonaba ‘Humildad’, composición musical por excelencia para acompañar al Sagrado Titular. La torre de la Catedral fue fiel testigo del esperado momento. Ya la cera roja alumbraba las tulipas de los arbotantes y el grupo creó aún más dinamismo. Al final siempre se encontraba la luz que emanaba del trono de la Virgen de la Merced, que ya de noche, era lo más parecido a un placentero sueño. Luz que disipaba la agonía en la subida de nuevo al barrio de la Victoria. Un barrio que acompañó a su corporación nazarena hasta los últimos instantes.

Trono de la Virgen de la Merced en la noche del Domingo de Ramos.

Así se completó un año más la trilogía victoriana del Domingo de Ramos. Humildad en Cristo, Pasión en la Virgen de la Merced y Agonía en la contención de San Juan Evangelista. Humildad desperdigada por Málaga, Pasión en los hermanos de una hermandad que es ejemplo en la ciudad, Agonía que se dejó atrás en los años difíciles de pandemia. Humildad, Pasión y Agonía hechas melodías en una trilogía musical que despertó emociones y sentimientos dormidos, que no desaparecidos, que volvieron a aflorar en el reencuentro del Santísimo Cristo de la Humildad en su Presentación al Pueblo, Nuestra Madre y Señora de la Merced y San Juan Evangelista con sus fieles.

Fotografías: Pepe Dago.

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