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Expiró en el Perchel

Expiró en el Perchel

La oscuridad lo ha invadido todo, la aparente primavera se ha marchitado en pleno mes de Mayo y ha dejado tu alma sola, triste, desnuda y apagada, ya no hay consuelo aparente. Todo se ha consumado.

Lejos han quedado las risas de niños del Miércoles Santo, los recuerdos se han ido fugazmente y la vida ha pasado ante tus ojos en unas pocas horas, trayéndote a este instante, a este preciso momento. Ya no hay marcha atrás.

Los hermanos de la Archicofradía van pasando uno a uno frente a ti, cada uno de ellos lleva una vela encendida, recuerdos exaltados que navegan en tu memoria, risas y lágrimas van pasando lentamente hasta perderse en la lejanía de esta atípica noche de mayo.

Irónicamente te sientes solo entre ese mar de gentes. ¿Cómo poder curar la soledad sin desangrarla de agonía?

Con cada resonar de tambores y cornetas se ha rasgado la noche nuevamente, como se rasgó aquél último Miércoles Santo, como se rasgó aquella lejana tarde la cortina del templo de Jerusalén. Ahora si puede pasar la luz en tu alma. El incienso purifica la llegada del Justo, del que todo lo puede, ahora si esta tu alma preparada para recibir el AMOR.

Y Él te recibe con sus brazos abiertos, ya no necesitas nada más que su mirada para seguir adelante. Ha sido solo un segundo contemplando sus ojos implorantes para que se apaguen las sombras de tu alma.

El tiempo se ha detenido en el instante justo de la Expiración del Cristo, en ese momento en el que la vida se escapa de la vida misma. No está muerto. No está vivo.

Tu corazón late apresuradamente como el suyo, expiras con Él queriendo que tu aire llegue a sus pulmones, que respire tu vida, ese aire que es suyo también, pues de Él embebiste la vida misma y a Él volverás.

En tu corazón resuena como un eco: “En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Y ciertamente ya lo estas.

De tus labios surge la más bella oración, cada palabra va navegando por los múltiples regueros de sangre que surcan su cuerpo, desde los pies hasta su boca en la que desembocará tan bello lamento: “Por favor, no te mueras Cristo de la Expiración, no te mueras Dios del Perchel”.

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